Es verdad que, para cada cual, el dolor que uno pueda pasar y el sufrimiento a él asociado, es una cosa muy personal. Sin embargo, también es verdad que lo solamos compartir con aquellas personas que están a nuestro alrededor haciéndolas sufrir, de paso, a ellas mismas.
Es cierto que no es muy fácil sustraerse a lo que nos pasa que no sea bueno y que sólo los corazones fuertes y muy fuertes son capaces de hacer eso. Y, sin embargo, también podemos decir que contemplando a tal tipo de corazones y a las personas que los sustentan es posible alcanzar cierto tipo de soporte del dolor y el sufrimiento.
Nosotros, sin embargo, conocemos a alguien que mucho sufrió a partir de determinado momento de su vida (la veintena de años, más o menos) y que no son pocas las páginas salidas de sus manos que certifican eso, precisamente: el dolor y todo lo que eso lleva aparejado.
Hay, sin embargo, una forma de ser que nos debe hacer pensar lo cortos que somos a veces en nuestras propias reacciones: que hay quien, a pesar de sufrir mucho y más que mucho lo quieren, tal sufrimiento, para sí.
Querer el sufrimiento para sí es algo así como decir que no queremos que los demás sufran con nosotros aunque bien sabemos que eso no siempre es posible y, ni siquiera, está al alcance de las más fuertes voluntades.
Tener voluntad de hacer eso, de ser capaz de sostenerse a sí mismo en el dolor y procurar que el resto de personas, nuestros prójimos o, incluso, los más alejados, permanezcan algo así como “desconocedores” de lo que pasamos supone tener una fuerza de voluntad (más espiritual que física) para conseguir tener un dolo, dicho así, “con escafandra”.
Una escafandra, tal como la podemos imaginar o ver, es algo así como un casco que se ponen en la cabeza los buzos o los astronautas con el fin de poder valerse en el medio en el que están, a saber, las profundidades del agua o el espacio exterior.
Sobre esto, sobre la escafandra, hay que tener en cuenta que está construida de forma que no pueda entrar en ella ni el agua ni lo que contenga el espacio exterior a la Tierra. Por tanto, la misma ha de producir, digamos, un vacío hacia el exterior de la persona que lo lleva de tal forma que nada de lo que haya fuera de la misma entre dentro ni nada de lo que haya fuera entre dentro.
Nos podemos hacer una imagen de lo que esto es porque muchas veces hemos podido ver una escafandra.
Hay alguien que ha hecho uso de tal imagen para llevarla a su vida particular que en la que sufría y más sufría físicamente. Y nos estamos refiriendo a Manuel Lozano Garrido, Lolo.
Ciertamente, la voluntad expresa de nuestro amigo (así lo llega a escribir) era que nadie sufriera con él. Sin embargo, es fácil decir que nadie sufría con él aunque, realidad, quería Lolo que nadie sufriera “por” pues es evidente que sus sufrimientos eran bien suyos y nadie que estuviera a su lado o lejos los iba a pasar por él o con él.
La verdad es que expresar una voluntad así, un querer que nadie sufra los sufrimientos de uno supone tener un corazón tierno y de carne pues es lo mismo que querer quedarse para sí mismo el dolor y el sufrimiento. Y eso es lo que Lolo quería.
Nosotros creemos que lo que el Beato de Linares (Jaén, España) quería era que nadie se preocupara por lo que él llevaba sufriendo desde hace muchos años aunque también sabía que era muy difícil de conseguir. Y si no, podemos imaginar a su hermana Lucy, que lo cuidaba todo el tiempo, hacer algo así como despreocuparse por su hermano… Vamos, que eso es, simplemente, imposible.
Seguramente por eso, Lolo decía le “gustaría” que su sufrimiento fuera con “escafandra” en la seguridad bien personal e íntima de que eso no lo iba a conseguir por según eran su vida y los amigos que la contemplaban a diario o, siquiera, tenían conocimiento de la misma.
Ahora bien, tal intención (de sufrir él sólo y ofrecerle a Dios su sufrimiento) expresaba muy bien el talante de Lolo y era causa de la fama de santidad que le precedía allí donde fuera nombrado su caso, persona y circunstancias. Y bien merecida que la tenía nuestro “buzo” particular.